lunes, 22 de febrero de 2010

Dicen los astros


Cardióloga diplomada, acérrima creyente de los dogmas de la ciencia, aprendió en sus años en el Morro de San Pablo que la medicina, como la Luna, tiene otras caras, y de manos indígenas descubrió que las plantas y sus hojas, sin proceso alguno, encierran secretamente propiedades mágicas y curativas. Y así lo comprobó en carne propia cuando le sucedieron un par de accidentes domésticos.
Es posible que allí mismo haya observado el cielo estrellado y la inmensidad de la noche como nunca antes.
Volvió a Buenos Aires para trabajar en el centro de especialización más importante en cardiología: la Fundación Favaloro.
Decidió compartir el departamento con una amiga que una noche organizò una fiesta a la que ella misma no acudió. Con la angustia y el malestar de recibir gente desconocida y no tener nada para servirle, decidió encerrarse en su cuarto a descansar. Cuando ya se había colocado el pijamas alguien tocó a su puerta. Al abrir vio a un hombre que le dijo con seguridad: “Vos sos mi alumna. Esta es mi dirección y te espero el jueves a las seis para la primer clase”. Cerró la puerta para envolverse en el más profundo desconcierto.
Pero a pesar de la distancia, de la inseguridad del barrio y la pobreza del rancho donde había sido citada, fue puntual. Grande fue su asombro cuando al entrar descubrió que en esa casa, que parecía ser víctima del abandono, había una de las bibliotecas mas deslumbrantes que había visto hasta el momento.
Sin salir del aturdimiento que comenzó con los golpes en la puerta de su cuarto una semana antes, sería ésta, hasta el amanecer, su primer contacto serio e introductorio al mundo de la astrología.
Cada nueva cita fue parte de un rito, y sin darse cuenta, comenzó a descifrar las líneas del destino humano que las estrellas en el cielo reflejan. ¿O es al revés?
Rodeada de enfermos graves, sumó a la historia clínica, la lectura que le revelaban la fecha y hora de nacimiento del paciente. Naturalmente, esa capacidad nueva y hasta hacía un año desconocida, le proporcionó eficacia en los diagnósticos y prestigio entre sus colegas, que no dudaban en consultarla cuando el tratamiento aplicado a algún paciente no proporcionaba avance ni mejora.
Las buenas interpretaciones hicieron que el mundo dejara de circunscribirse a enfermos cardiovasculares. Y siguió acertando con otros diagnósticos menos graves e inexorables, sin saber que uno de esos hallazgos la alejarían de su maestro, que sí leyó con anticipación la bifurcación del camino y hasta el detalle minúsculo de una botella de vino sin abrir reservada para la reconciliación en otros tiempos que aún no llegaron.
Cuando la saludé, después de un tiempo de no verla, porque vive en Córdoba, en Characato, al que se accede tras 30 kilómetros de tierra, en una casa que ella misma diseñó, orientó y edificó, en el suelo que igual que el Tibet se encuentra entre los más antiguos del planeta, me dijo: “Yo le dije a Mónica que volvería a Neuquén sin vos”.
En la calidez del living de la casa de un amigo contó su historia en medio de 9 pares de ojos que la seguían en cada silencio. La noche era estrellada.
Pensé si el destino está trazado y solo resta interpretarlo y pensé en la línea de cada uno de los destinos de quienes escuchábamos en ronda, en nuestras líneas invisibles que convergen en algún lugar, en algún tiempo, como las nuestras esa noche.
Y de esa convergencia natural a esta línea finita de mi escritura y de esta a la tuya que lees este texto, justamente ahora.
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