lunes, 20 de febrero de 2012

Mesa reservada

Algunos, y no son pocos, anhelan la celebración de este encuentro, y hasta preparan botellas de vinos espumosos y bebidas espirituosas para festejarlo.
Ellos dos saben que, como los planes, todo lleva su tiempo.
Seguramente se abrazarán cuando se vean, no creo que en ése club exclusivo exista una recepción a los recién llegados.
Imagino que repasarán los aciertos y analizarán los errores cometidos, sabiendo que ni una cordillera pudo separar ni dividir sus ideas. Podían enfrentarse como perros de pelea por el dominio de un territorio o por la supremacía que grabada a fuego como señal, llevan en los genes los que desprecian la vida,  pero sabían que en el fondo estas distancias no son eternas, que el enemigo común y más peligroso es otro, que cualquier diferencia podía dirimirse y apaciguarse con algunos muertos por bando, pero que podría haber treguas para Navidad y Año Nuevo, como humanizan los códigos establecidos en nuestra formación, pero para el enemigo común nada de treguas, ni la clemencia ni la piedad que piden las sagradas escrituras, pero que gracias a Dios, interpretan de otra forma nuestros obispos, aggiornados a los tiempos que corren y no a aquellos en los que fue escrito el Evangelio, cuando no existían estos males, estas epidemias que a nuestras sociedades corroen.
Se reprocharán mutuamente la tarea incompleta, el no haber callado todas las voces, como sabiamente hacen los leones, exterminando hasta las crías del macho de la camada rival para que la sangre conserve su linaje, porque esas voces, las que nunca callaron, años después, levantadas con más fuerza, le quitaron la posibilidad de inmortalizarse en unos cuantos kilos de bronce, metal preciado al que estos alquimistas llegan utilizando el plomo.
Habrá gestos marciales, pocas preguntas, no forman parte de su naturaleza ciertas dudas, repasarán los nombres y apellidos de quienes colaboraron con su sagrada labor, soñarán que alguien escriba estos diálogos, los comprenda en su profundidad y en su genuina dimensión, los  convierta en un libro o en una pieza de teatro que los rescate del oprobio, que  haya una escena íntima, como esta mesa que hoy comparten, reservada con un pequeño cartel que dice: Augusto y Jorge Rafael.
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