miércoles, 24 de agosto de 2011

Respuestas como rayos

A Jacqueline y a Diego

Para Flavio, el último suspiro fue suficiente para despedirse de lo que más amaba y desprenderse de un tirón de las obligaciones que nos quitan lo esencial en estos días solamente porque el mundo las impone.
Y así fue que su hija, dos años después de su partida, cuando la distancia con el dolor es suficiente como para revolver papeles, leer escrituras, pólizas, resúmenes de banco, quiso cerrar el círculo de temas pendientes que jamás fueron tratados en la mesa familiar y fue detrás de dos asuntos: una cuenta con unos pocos pesos que no debían quedarse en el banco y un seguro de vida cuyo membrete remitía a un banco privado.
La empleada bancaria que la atendió leyó el papel y con él en la mano fue hasta un archivo, extrajo una carpeta, leyó los detalles, tradujo algunos valores a una máquina calculadora y con un gesto distinto al de la sonrisa que propició el saludo inicial, volvió hasta el mostrador.
- Lamento informarle que en este banco tenemos asentada una deuda impaga a nombre de su padre -dijo leyendo uno de los papeles de la carpeta que tenía en su mano.
- ¿Cómo es eso? ¿Qué deuda?
- Su padre solicitó hace tres años un préstamo de 15000 pesos que no canceló y que hoy, con los intereses generados asciende a 52.300.
- Mi padre tomó esa deuda para un tratamiento médico muy caro pero murió hace dos años...
- La deuda está asentada como impaga y debe cancelarse...
- Supongo que el banco, que nunca pierde, debe haber previsionado esto con algún tipo de seguro. Digo esto porque soy funcionaria bancaria y se como se opera en estos casos.
La expresión de la mujer volvió a mudar al entrar en conocimiento de que trataba con un par que conocía el mecanismo previsor de los bancos para estos casos.
- Si, pero el banco no ha cerrado esta operación y la deuda está vigente. Podemos ofrecerle un plan de cuotas para que la cancele.
- Bueno, esto depende de la paciencia en la espera del banco.
- No entiendo -dijo la empleada sorprendida
- Claro. Cuánto puede esperar el banco a que mi padre reencarne, crezca, sea mayor de edad y cumpla con sus compromisos con el banco.

Bebió el café sin azúcar, aunque más amargos resultaron los últimos amaneceres y el silencio se parecía a la calma que precede a las tormentas. Miró a su alrededor en un recorrido rápido, eligiendo lo que se llevaría, lo que dejaría, junto a los gritos, las peleas, las largas discusiones y la distancia que ni siquiera acortaba una cama matrimonial.
Los hombros caídos hacia adelante, la espalda encorvada por el peso de la tristeza y la decisión tomada para alejarse de ella definitivamente, sabiendo que hubo otras despedidas y otros arrepentimientos, y entre ambos, unos pocos meses.
No supo esclarecer lo que más le dolía. Si la insatisfacción permanente de su mujer que no sosegaba ni aliviaba la vida en pareja, o la más precisa de sus definiciones cuando leyó sin querer un mensaje que había dejado abierto en la computadora y donde escribiéndole a una amiga, ella sustituyó su nombre con tanta certeza como crueldad con dos palabras: "el infeliz"
Recordó que la última vez que discutieron decidió postergar lo que quería decirle desde hacía días, para consolarla como correspondía a un compañero de la vida.
Pero encontrar en el otro una definición propia perfecta, quizás la única en diez años, es un sacudón en el brazo que despierta al dormido y libera al encadenado.
Estaba en la oficina a punto de apagar la computadora e irse cuando llegó un mensaje que tuvo que leer dos veces para entender que no soñaba.
"Me arrepiento de todo lo que te dije en los últimos meses, de lo hiriente e injusta que fui con vos. Tenés tantos valores como persona y como padre que admiro y envidio con dolor al mismo tiempo.
Te pido que pienses para que me perdones y volvamos a hablar para entendernos.
 Besos, yo"
En el fin de semana intercambiaron saludos y consejos breves sobre las dos hijas que irían con él a su nueva casa. 
Hubo una mirada de ella que buscó quebrar el incómodo silencio.
- ¿Leíste el mail que te mandé?
- Si lo leí.
- ¿Y?
- ¿Qué querés saber?
- ¿Qué te pareció?
- Me gustó mucho. Está bueno. Me gusta que sigamos hablando por mail. Es mucho mejor que personalmente. Deberíamos seguir así.
Y el punto final lo marcó el ruido de la puerta cerrándose a sus espaldas.
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