martes, 11 de octubre de 2011

Trama

Vaciló unos segundos antes de atravesar el umbral y caminar hasta el pasillo, sorprendida en el trayecto porque el olor de los antisépticos no le habían hecho el daño que ella esperaba cuando consideró que debía prepararse mentalmente para enfrentar a esa fobia persistente que siempre le provocaron los hospitales, pensando que quizás, la congestión avivada por el llanto continuo de las últimas horas, le habían servido de bálsamo protector, y aquí estaba, caminando según le habían indicado en la recepción, rumbo a la morgue, dispuesta a reconocer lo que quedaba de Gaby.
Con pasos más seguros se acercó al final del corredor, decidida a que éste haya sido el desenlace marcado por un punto parecido a los que meticulosamente precisó en cada carta, entendiendo a la perfección el clima in crescendo que había propiciado con la vieja Olivetti de cinta violeta cada madrugada en la soledad de su escritorio, bajo una densa nube de humo de cigarrillos, desde que maduró la idea y echó a girar el carretel de la trama.
El diario íntimo que ardió embebido en alcohol en el jardín de la casa del Tigre, junto con los apuntes, manuscritos y borradores de novelas inconclusas, daban cuenta con la precisión y justeza de un registro contable, los distintos episodios que durante algunos años fueron construyendo una historia que fue empañando el brillo de otros días.
Habían sido vecinas y amigas en la infancia. La mudanza de la familia de Gabriela las separó siete años, pero volvieron compartir un aula en la secundaria, confidencias, sueños y cada una fue delineando una ambición personal y un futuro diferente.
Gabriela se acostumbró a utilizar los privilegios que le confirieron una exquisita belleza natural, a ser permanente blanco en la atención de sus compañeros de aula y Patricia a cultivarse intelectualmente, un camino obligatorio para contrarrestar el lastre de una figura nada atractiva, excedida en peso, la típica estudiosa nada agraciada, a la que le prestan atención cuando hay que enfrentar un examen exigente y es, como siempre, la que más sabe y fuente de consulta.
El esfuerzo de Patricia fue titánico, siempre a la zaga de la luz que irradiaba su amiga Gabriela.
En el diario quemado en la casa del Tigre había un registro detallado de desplantes, odiosas exposiciones en público, escenas que el fuego no alcanzó a destruir en los rincones de la mente, como aquella reunión en San Isidro, donde Gabriela resaltó en voz alta, una voz sobrevaluada por una copa de mas, que Patricia, con veintidos años, aún era vírgen “porque claro, ella hace el amor con los libros, todo platónico para Patricia, no Pato?”
“La gorda no entra”, “la gorda nos demora a todos”, esas puñaladas que repasaba en silencio, esas heridas que el olvido no alcanzó a cicatrizar, aunque se hicieron costumbre, parte del paisaje, sin que mediaran disculpas posteriores, sin que se sopesara con rigor el fondo de sus intenciones.
Cuando quitaron la sábana de su rostro, se llevó la mano a la boca y volvió a sollozar, sin haber alcanzado a ver que en la parte superior de la cabeza, sobresalía la punta de una parte del cráneo donde algún objeto contundente se asentó con furia. Los hematomas en la frente y las mejillas no impedían el rápido reconocimiento. La estremeció un breve mareo y el brazo del forense la sostuvo hasta la salida de la sala donde volvió a preguntarle cómo se sentía.
Hubo noches en las que se las pasó escribiendo, sobre la Olivetti o sobre el mapa que colgaba en la pared del escritorio para diseñar el hilo argumental de sus novelas, a veces tipeando con un poco más de furia, a veces creyendo que todo forma parte de un pequeño susto con forma de desquite para poder decirle ¿viste, Gaby?, una sola respuesta por todas las que no te di en estos años.
Lloró pocas veces a escondidas por los desplantes o las sensaciones de impotencia, debilidad o torpeza a las que fue expuesta, pero los rencores germinaban en lugares precisos y en situaciones inolvidables, el fin de año en que le había confesado estar enamorada de Esteban, y sorprenderlos algunas horas después del brindis en uno de los cuartos, ella arrodillada, él con el pantalón a la altura de las rodillas.
Cuando el dolor la carcomía recordaba la inspiración de la primer carta, el primer escalón, el primer paso, una noche de invierno, viendo un programa de televisión especial dedicado a gente en prisión y sus historias, aquel criminal violento que la deslumbró cuando justificaba con absoluta naturalidad los trágicos en los que había sido protagonista, cuando repasaba con la complicidad de la cámara, cada una de las treinta y siete cicatrices esparcidas por el cuerpo, el trazado del plano de todas sus batallas, peleas callejeras, pandillero de poca monta capaz de pelear a muerte por un territorio o por un poco de cocaína, la fiereza que demostraba en su relato, lo eximía del conocimiento de la palabra piedad.
Tomó nota del penal donde fue hecha la nota y de acuerdo a los datos de la entrevista, calculó el tiempo en que el recluso saldría en libertad, si en ese lapso no aparecía un nuevo crimen para su prontuario, porque su personalidad y su manera de desenvolverse en prisión, ya le habían abierto nuevas inscripciones a su concurrido club de enemigos.
Esa misma noche, sin tener los datos precisos del destinatario, aprovechó el vuelo inicial de la inspiración y escribió la primera de las treinta y dos cartas, que pasarían a ser, a partir de esa noche, su principal motivación, cada vez que volvía a chequear la casilla que abrió en la oficina de correos.
Angel:
Acabo de verte en televisión y quiero confesarte que quedé impactada con tu personalidad y con tu historia.
Creo que sos una de esas personas que no ha tenido la suerte de encontrar a alguien que lo comprenda, que lo acompañe.
Me gustaría que me des la oportunidad de ser esa persona.
Me resultás muy atractivo. Te lo dice una mujer dispuesta a enviarte una foto mía reciente para ver si te intesa a vos que nos conozcamos.
Me gustó la forma en que hablaste de tu madre y como sorteaste las dificultades del destino.
Voy a esperar ansiosa tu respuesta. Te escribo a máquina porque mi letra es muy mala.
Quiero ser tu amiga.
Beso grande.
La respuesta no se demoró en llegar con la afirmación del interés de recibir una foto, extraída e impresa esa misma tarde, luego de una cuidadosa selección por atributos de sensualidad, de una carpeta de su computadora titulada Gaby.
El riguroso respeto por seguir los pasos de la trama que ella misma trazó, venció el pudor y el tenor de sus cartas fue plagándose de un contenido erótico y explícito cada vez mayor, suelo firme que fue probando con pasos medidos y analizados, al comprobar las reacciones que le llegaban en las respuestas.
“me mojo imaginándote, y loca como estoy por vos, te mando en esta carta unas pocas gotas que coloqué con los dedos cuando me masturbaba. Preparate para tu salida. Vas a querer volver a la cárcel porque no te voy a dejar salir de mi cuarto”.
Una vez a la semana respondía, inventaba detalles de su vida, soportaba la espantosa ortografía del recluso, su pobre vocabulario, su lascivia y se justificaba una y otra vez por no animarse a ir a visitarlo “creo que es mejor que no. No solo me da vergüenza que todos sepan que te visito para que hagamos el amor. Creo que tu vida en la cárcel debe ser parte del pasado”
“Vamos a ser felices cuando salgas. Te voy a estar esperando”
Y sabía que una de las fotos de Gaby que le había enviado estaba en la pared de la celda, la otra debajo de su almohada, que le hacían comentarios de su belleza, que lo envidiaban, que se la quisieron robar, pero la recuperó, que quien la robó debe estar arrepentido en la enfermería, que se masturbaba pensando en ella, que quería que le escribiera todos los días, que le había dicho el abogado que la salida era inminente”
“Te paso la dirección de mi casa donde te espero para darte la primer noche de amor, festejando tu salida. Vení directamente a casa. Yo te voy a estar esperando.
Estoy contando las horas desde que me dijiste. No hagas esperar a tu hembra”
Gaby
El informe policial terminó en las páginas de los diarios, la víctima, Gabriela Pedroni, fue sorprendida en la madrugada, cuando ingresaba al departamento que habitaba, trató de resistirse y forcejeó con el delincuente que pretendía robarle. Los gritos de desesperación alertaron a los vecinos que llamaron inmediatamente a la Seccional 23. A la llegada del patrullero Gabriela Pedroni se encontraba agonizante, falleciendo en el traslado al Hospital Fernández.
En la escena del crimen quedaron muchas huellas que condujeron a su asesino. El interrogatorio puso a la luz las cartas que el preso recibió en prisión.
Allanaron la casa de Patricia unos días después constatando que fueron escritas con la Olivetti que hallaron en una caja, que las fotos que recibió el asesino estaban entre los archivos de su pc, que en uno de los textos eliminados se detallaba el perfil psicològico del reo.
Patricia continuaba prófuga. En su casa del Tigre se encontraron indicios de fuego para la eliminación de pruebas incriminatorias pero los fiscales no encontraron aún una pista que revele el móvil del crimen.
Publicar un comentario