Un tal José Gervasio


Desde que lo conocí en los contrafestejos del Encubrimiento de América en 1992 trabajé mi material de historia con Jorge Cattenazzi. Jorge fue uno de mis grandes maestros. El sostenía que su gran prócer era Artigas.

Julio Parissi me prestó dos libros que hablan del oriental.

Las traiciones de los copetudos de Buenos Aires, los caudillos de la época y parte de su propia tropa, signaron su vida política y militar. De este lado del río encumbrados nombres de calles importantes como los de Pueyrredón, Sarratea o Carlos María de Alvear lo combatieron por el miedo a que las ideas artiguistas se propaguen en nuestro territorio. Alvear, un apellido que signó los peores momentos de Argentina, tuvo en Carlos María un digno ejemplo. Carlos María de Alvear le escribió a Inglaterra pidiendo la protección de su reino porque este pueblo estaba bien dispuesto a solicitar quedar bajo su poderoso abrigo y terminar con la anarquía que proponían los caudillos y sus ideas republicanas. No del todo conforme con esto le brindó toda la información sobre las posiciones del ejército, sus pertrechos y su logística.

Artigas pensaba en la Patria Grande. Un siglo antes que la revolución rusa ya había puesto en práctica una reforma agraria y cedía tierras a quienes estaban dispuestos a trabajarlas. Su ejército contaba con negros esclavos y pueblos originarios. Para los contrabandistas porteños que desde siempre ostentaron el poder y las grandes decisiones políticas, Artigas era el demonio hecho persona.

Cuando los portugueses invadieron la Banda Oriental el Directorio, con Pueyrredón a la cabeza, lo dejó solo, pensando en que podrían ser los portugueses los que acabaran con el díscolo rebelde que no seguía sus órdenes. Uruguay proclamó la Independencia de España un año antes que nosotros en Tucumán. José Gervasio Artigas era un problema y una gran influencia para provincias como Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Santa Fe y Misiones. Los diputados que enviaba en representación de su territorio al que él llamaba Protectorado siempre fueron desconsiderados por nuestros ilustres mandatarios por no contar con los avales necesarios e incluso más de una vez tomados prisioneros.

Intentaron sepultarlo en el olvido cuando comenzó su exilio en Paraguay. Terminó siendo el Padre de la Patria uruguayo pero desconsiderado por nuestra historia nacional y defenestrado por plumas como la de Mitre o Sarmiento, prueba contundente sobre la precisión y la peligrosidad de las ideas artiguistas.

Este libro cuenta con detalles su brillante derrotero por Sudamérica y su caída.

La novela y la historia

 

En su novela “El nombre de la rosa”, Humberto Eco cuenta una historia sobre misteriosos crímenes ocurridos en una abadía de Italia. En los diálogos y discusiones entre distintos personajes aparecen nombres que me propuse investigar para entender los límites entre la ficción y la realidad.

Hubo un tiempo en que los franciscanos, divididos en distintas órdenes, se opusieron al rol que había tomado la iglesia en su disputa con reyes y emperadores por poder y riquezas. Los franciscanos, siguiendo los preceptos de su guía espiritual, de su renuncia a las riquezas terrenales, embanderados en la pobreza de Cristo y sus apóstoles, se enfrentaron a Papas y Obispos. Uno de ellos fue Fray Dulcino, quien huyó de Aviñón donde se había establecido la sede papal para establecerse en Italia.

Las bases de sus ideas eran:

·         La oposición a la jerarquía eclesiástica y la conversión de la iglesia a los ideales de pobreza y humildad.

·         La oposición al sistema feudal

·         La liberación de los hombres de cualquier restricción.

·         La organización de una sociedad igualitaria, de ayuda y respetos mutuos, basada en la propiedad comunitaria y en la igualdad de los sexos.

Fray Dulcino y sus diez mil seguidores se enfrentaron al poder feudal y el de los obispos cometiendo actos de pillaje y quema de propiedades, entre ellas, iglesias en las campiñas de Valsesia,. El Papa Clemente V despachó desde Aviñón una cruzada y fueron cercados y derrotados en el Monte Rubello.

El inquisidor Bernardo Gui presidió el juicio a Fray Dulcino, su mujer Margarita y su lugarteniente Longino di Bérgamo. Fray Dulcino fue obligado a presenciar los tormentos que la Inquisición aplicó a Margarita y luego fue torturado durante días en forma pública. Antes de arrojarlo vivo a la hoguera le arrancaron los testículos con una tenaza.

De la historia se desprende la iglesia que conocemos hoy, con sus jerarquías intactas, con su propio estado, sus riquezas, sus fondos en bancos y entendemos quiénes prevalecieron en una discusión que poco tiene de religiosa.

La historia política del mundo no es muy distinta. Modelos exitosos de organización social, pensadores rebeldes al sistema capitalista, mártires, son sepultados de manera sistemática en el olvido. De vez en cuando algún filósofo, un escritor o un novelista los rescata del polvillo que durante años cayó sobre ellos.

Después de la siesta

 

Ilustración: Darío Parissi

Se despertó de la siesta escuchando voces que la hacían dudar si aún pertenecían a un sueño que no alcanzaba a disiparse. Suspiró. Confirmó aguzando el oído que eran las voces de sus cuatro hijos que conversaban en el comedor. Habían compartido el almuerzo y se quedaron charlando mientras ella tomaba su siesta diaria. Cada día le costaba un poco más sentarse al borde de la cama para luego incorporarse. Un leve mareo la obligó a una pausa en sus movimientos pero una señal de la vejiga terminó por imprimirle el impulso que la urgencia demandaba. Se había dormido escuchando las noticias en la radio. Tenía las imágenes frescas de un accidente en la ruta, un asalto a mano armada y la desaparición de un niño. Caminó por el pasillo que conducía al baño con mucho cuidado. La alfombra que se negaba a quitar le había jugado una mala pasada trabando el bastón de apoyo unos meses atrás. Entró al baño y las voces de sus hijos dejaron de ser un murmullo. ¿Acaso estaban discutiendo? ¿Porqué? Pensó en sus nueras, las esposas de sus hijos Pablo y Guillermo y en lo que su difunto esposo dijo una vez cuando se refirió al peligro de ampliar la familia y que otras opiniones cuestionen las tradiciones y las decisiones familiares. Pensó que el almuerzo había sido armonioso, que ella habló muy poco, como las últimas veces, que algunos temas no los entendía y que otras preguntas la cansaban. Que había un momento de silencio, un punto que indicaba el final de la sobremesa y la hora de emprender la pesada marcha hacia su dormitorio.

Sintió que la torpeza en los movimientos de su cuerpo no le permitían llegar a tiempo a ningún sitio. Como ahora, cuando antes de sentarse en el inodoro notó que un poco de orina se escurría por su pierna izquierda. Imaginó el sermón que se avecinaba. No se había orinado en la cama, gracias a Dios y a todos los santos que para algo una les reza. Pero allí estaba ese pequeño reguero de pis corriendo por la pierna. No quería depender de nadie.

Tomó un pedazo de papel higiénico y lo dobló para secarse, pensando en el esfuerzo que le demandaría volver a ponerse de pie. Escuchó la voz de Pablo diciendo que en su casa no había lugar, que ya el departamento resultaba chico para su familia y que con los ingresos de él y su esposa no podían alquilar algo más grande. Los niños crecen y que sigan compartiendo el mismo dormitorio acarreaba conflictos.

La casa era distinta los domingos. Volvían a reunirse todos aunque sea por unas horas, las suficientes para paliar el dolor de la semana, sus horas lentas, la información de un mundo que hacía tiempo no le pertenecía.

En su cuarto hay fotos de sus cuatro hijos, ancladas en una convulsiva adolescencia, fijando el momento de bautismos, comuniones y casamientos, no todos felices, no todos recordables. Las fotos enmarcadas fueron perdiendo sus colores originales. Las que conserva en su memoria se mantienen nítidas y de acuerdo al paso de los días y ciertas fechas proyecta con los ojos cerrados y mientras reza matizando los momentos dulces con los amargos.

Alguien le dio un puñetazo a la mesa como lo hacía su padre antes de un reto, como lo hacía su abuelo para marcar el paso familiar de acuerdo a sus impulsos. Debe haber sido Guillermo que es quien se parece más a su padre, pensó. Pero, ¿porqué? ¿Tendré que ir a poner orden como cuando eran chicos? Siempre les pedimos que se mantuvieran unidos, que no pelearan entre ellos, que era muy importante mantener los lazos y el respeto como hicimos su padre y yo.

Algunas veces la rodilla izquierda flaqueaba un poco, le hacía notar el paso de los años y removía la nostalgia de aquellos tiempos en que con su esposo salían a pasear en bicicleta. Hoy, la fragilidad del cuerpo la alejó de sus libros de recetas y el temblor en la mano izquierda la obligó a deshacerse de las agujas con las que tejía pulóveres y bufandas para todos. Pensó que todavía podía arreglarse sola, no como su hermana menor a quien la diabetes la fue apagando lentamente.

Las voces en el comedor habían bajado el tono. Escuchó que hablaban de una mujer y el comienzo de algunos problemas físicos, de cierto deterioro. El comentario la indignó porque para estar fijándose en problemas de otros primero hay que solucionar el de las hormigas que invadieron la cocina y están carcomiendo los cimientos mientras desfilan por los zócalos en dirección al tacho de basura. Las encuentra siempre a medianoche, cuando enciende la luz procurando un vaso de agua y allí están ellas, laboriosas, diligentes, sin pausa ni descanso.

Inés se enoja cuando encuentra el frasco del veneno en la cocina, como si una fuese tan tonta como para confundir el envase con el de los ingredientes. La gente con los años se pone estúpida. Menos mal que puedo arreglarme sola y no depender de nadie y que no me falla la cabeza para tener los medicamentos ordenados de acuerdo al horario y la pastilla para dormir antes de mirar la novela.

En el comedor hubo un silencio donde todos bajaron las miradas, ese gesto particular de algunas personas cuando se enfrentan a un problema de difícil solución o se preparan para una tragedia. Nadie tomaba la iniciativa de terminar con el mutismo que tanto molestaba. Cada uno pensaba en su propia vida de todos los días y cómo esa vida podía modificarse.

Tengo que decirles que no hay que dejar que la casa se caiga. Hay que revisar los techos, pintar, que con un poco de dedicación los fines de semana, entre todos, la pueden poner tan bonita como siempre. Yo puedo ayudar con la pensión para que no sea una carga para ellos. Ya hay paredes que se están descascarando y el televisor perdió la imagen que tenía. Seguro que van a pensar en los lentes, que los tengo que cambiar. Otra vez las voces en el comedor y alguien que toca a la puerta del baño porque quiere pasar.

Los cuatro hijos se pusieron de pie cuando la vieron entrar. Sonrieron tímidamente cuando notaron el brillo en sus ojos. Pablo se adelantó para darle un abrazo y ella aflojó la tensión que le imprimía al bastón para recostarse sobre su pecho y anidarse como una niña desamparada. Guillermo hizo un leve gesto para que la enfermera la dejase a su cuidado.

Tenían dos horas por delante. Las dos horas que permitía el horario de visita.

Una de Gangsters

Conocí a Johnny Lamuevo en un oscuro bar de Nueva York hace 20 años. “Caracortada” Lamuevo era célebre en el Bronx y planeaba entonces el atraco de su vida. Sentados frente a frente pude ver las profundas y misteriosas cicatrices de su rostro. Algunos dijeron que era el plano de un robo, otros que era el mapa de Europa. Nadie se animó nunca a preguntárselo. Me ponía muy nervioso el impresionante temblor que tenía en las manos, producto del medio litro de vodka con que acompañaba las medialunas en el desayuno. Pese a este problema físico, Johnny se afeitaba a navaja todas las mañanas.Hijo de padres adoptivos, se crió en la rudeza de uno de los barrios más terribles del oeste de Nueva York. Debutó en la vida delictiva a los 16 años asaltando la carnicería de su tío Vicente junto con una pequeña pandilla de veintitrés jóvenes que simularon ser clientes. Algo sospechó su tío cuando vio entrar tanta gente con el precio que tenía la carne. Del botín repartido le correspondieron a Johnny 3 dólares y cuatro morcillas que gracias a su habilidad con las manos no tardaron en convertirse en una imitación perfecta de las pistolas 45. Les dio uso hasta que pudo reunir con los asaltos nocturnos dinero como para comprar verdaderas, cansado ya de la nube de moscas que le revoloteaban alrededor del brazo.Fue un autodidacta y un obsesivo de la perfección en planear sus golpes. Intentando demostrar a sus compañeros de armas cómo se disparaba sin sacar la pistola de la sobaquera perdió un testículo. “Algo aprendieron hoy”, dijo mientras lo introducían en un auto que lo condujo al hospital.Su escuela fue la calle y su único maestro Peter Mc Taylor, un viejo levantador de apuestas que le enseñó a Johnny los secretos del oficio además de pasarle datos claves en sus primeros pasos en el crimen. Fue Mc Taylor que lo contactó con el dentista del barrio, especializado en colocar dientes de oro. Con una señal telefónica Johnny y sus muchachos asaltaban a los desprevenidos pacientes a la salida del consultorio y con elementos tan simples como una soga y un par de pinzas se hacían de las piezas dentales que volvían a ingresar al consultorio previo pago del médico por el trabajo realizado. El dentista se hizo de una pequeña fortuna en poco tiempo ya que en la confusión de los atracos siempre se perdía algún diente sano.Luego del tercer asalto en el mes Johnny empezó a sentir simpatía por su tío, al que le convidaba rosquetas luego de vaciar su caja registradora.Por entonces Johnny birlaba maletas en la estación de trenes como actividad secundaria. Allí conoció a Linda Fourty que convenció a Lamuevo mirándolo fijo como sólo ella podía hacerlo a que devolviera el equipaje que había sustraído segundos antes a un par de parapléjicos. Lo convencieron dos cosas: los ojos de Linda y el cañón de la Magnum 44 que Linda portaba como policía. Luego sería Johnny quien convencería a Linda de que renunciara a la policía y se sumase a una banda cada vez más numerosa y eficiente. Recuerda la mujer que Johnny fue naturalmente persuasivo diciéndole: “Ahora podrás hacer lo mismo sin un marco legal pero sin jefes”La banda de Lamuevo comenzó a operar en los cuatros grupo en que se dividía la ciudad de Nueva York, provocando la irritación de los cuatro grandes jefes que no dudaron en asesinar al tío de Johnny en represalia por haber hecho trabajos para todos a la vez. Las primeras lágrimas que derramó Johnny en su vida fueron en el entierro de su tío Vicente. “No puedo olvidar esto. No puedo olvidar a quien tanto tuvo que ver con mis comienzos. Nadie me ayudó tanto como tío Vicente”, y se abrazó a Linda y a la pequeña ametralladora que Linda llevaba a todos lados.Su robo más notable fue el del New York Bank que ensayó durante un mes con la Compañía de Arte Dramático Broadway. La obra escrita y dirigida por Johnny fue puesta en el banco el 11 de diciembre de 1972, con éxito de crítica, público y policías. Con disfraces perfectos ingresaron al banco siete ciegos, cuatro monjas, cinco curas, seis médicos con sus barbijos colocados, tres amas de llaves, dos bibliotecarios, un agente de seguros, un piloto civil y tres diputados. Nada llamó la atención de la vigilancia salvo que tres diputados estuviesen despiertos a esa hora de la tarde.Uno de los actores simuló un desmayo y los seis médicos corrieron en su ayuda diciéndole a la gente que había que operarlo inmediatamente. Lo colocaron sobre un mostrador y pidieron a los guardias agua caliente, anestesia, un tubo de oxígeno, tiras adhesivas anchas, como para amordazar gente, y una llave inglesa. Mientras los guardias procuraban conseguir los elementos las amas de llaves intentaban abrir la caja fuerte, los ciegos vigilaban la calle, los bibliotecarios tomaban notas de las cuentas corrientes más abultadas y los médicos vaciaban todas las cajas que encontraba a su paso. Johnny y Linda apuntaban con sus armas. Johnny con Smith & Wesson y Linda con su bazooka. Todo iba sobre rieles hasta que Nick Lamuevo, el hijo mayor de Vicente, apagó su cigarrillo con el pie presionando el botón de la alarma que había en el suelo. Al escuchar las sirenas entraron en acción los curas y las monjas que obligaron a la gente a marchar como si fuese una procesión calle abajo. Y así fue como Linda, convertida en la Virgen María (autora intelectual de la fuga bajo la teoría de llamar la atención para pasar desapercibidos), los clientes del banco, los actores y la gente que se unía a ese desconocido movimiento religioso burlaban el accionar de trescientos efectivos de la policía neoyorquina que salieron en busca de un supuesto asalto a un bando en donde sólo encontraron a un grupo de confundidos guardias portando una olla con agua caliente, un tubo de oxígeno y una llave inglesa.El único herido en el atraco fue Nick Lamuevo, quien fue atropellado a la salida del banco por un repartidor de lavandería en bicicleta. Nick se opuso a la fuga en procesión por su condición de protestante anglicano pro Lutero, declarando en la asamblea realizada en el banco para determinar cómo escaparían, que prefería 10 años en una prisión del condado a ser dirigido por una virgen que representa el poder del Vaticano. Abucheado por el público y el personal del banco huyó a su manera y sufrió ese accidente. “El golpe casi falla por su estúpido vicio de fumar mientras trabaja y sus piernas quebradas nos enseñan lo que es la ira divina con gente como Nick que nunca se persigna antes de un robo ni usa ninguna medalla milagrosa”, señaló Johnny horas más tarde mientras contaba el dinero. La procesión fue aumentando su número, su número de fieles, y las diez cuadras de marcha superaba los 2000. Daily Express publicó una foto titulada: “La iglesia se prepara para combatir el mal en todas formas”, con la extrañísima imagen de una virgen llevando una bazooka colgada de los hombros y media docena de granadas de mano en la cintura. La banda, con Linda y Johnny a la cabeza, supo escabullirse sin que se dieran cuenta los manifestantes cuando éstos, colmados de emoción, entonaban las estrofas de “Gracias Juan Pablo”. Todos fueron detenidos por sospechosos de asalto a mano armada y hasta dos judíos espectadores fueron víctimas inocentes de la brutal represión policial. Todos festejaron ruidosamente al enterarse de que habían sido objeto de un engaño del archicriminal Johnny y Lamuevo. Hasta Arnold Butter, el fotógrafo del Daily Express estalló en carcajadas cuando meses más tarde un juez federal lo declaraba culpable y lo sentenciaba a cinco meses de prisión por apología del crimen. Todos se sintieron protagonistas. Con este robo se alzaron con 23 millones de dólares que fueron repartidos de acuerdo con el puntaje de actuación conforme al reglamento de la cooperativa creada por la Compañía de Arte Dramático Broadway. Para ellos fue la obra más taquillera que pudieron poner en escena en toda su vida. Para Linda y Johnny fue el primero de una serie exitosa, pese a los inconvenientes que ocasionaba Nick en cada participación. Luego vinieron los dos casinos de Las Vegas, el correo, las Líneas Navieras Houston, la farmacia Rex, el Rockefeller Center, el Shopping House, la Feria Municipal de Texas y una interminable lista de operativos tan geniales y creativos como perfectos. Johnny tenía talento.Algunos dicen desavenencias conyugales; otros, luchas por mayor poder, lo cierto es que Johnny tuvo un desperfecto en su ala delta cuando fue alcanzado por un proyectil disparado desde la tanqueta de Linda Fourty. Horas más tarde, Linda Fourty y Nick Lamuevo contraían matrimonio en un templo mormón. Ella es hoy una de las mujeres con mayor prestigio dentro de la sociedad norteamericana, aunque toda su riqueza haya sido posible gracias al talento inigualable de Johnny Lamuevo y esté a punto de quebrar financieramente por la estupidez inimitable de su esposo Nick, a quien Linda acaba de obsequiarle para sus cumpleaños un ala delta.

Julio César Parissi

 

Ilustración de Julio Parissi para el poema "El poeta murió al amanecer"de Raúl González Tuñón

Solo recuerda que una noche cualquiera y única, y por esa distinción el detalle de la fecha no reviste importancia alguna, le pidió a su hermano mayor, Héctor, a quien admiraba profundamente por su natural y exquisito talento para dibujar, que le enseñara su técnica. Disfrutaba tanto de su arte como del infinito placer que irradiaba su rostro al consumar con éxito el trazo que buscaba plasmar sobre el papel. Su hermano, sin saberlo, le dio una clase magistral que cambiaría su vida para siempre. Tomó una revista de la época y lo invitó a que copiase lo más fielmente posible la imagen impresa. Esa primera noche se pasó horas dibujando y borroneando el boceto. En los días siguientes alcanzó el nivel de fidelidad que había buscado y colgó con orgullo el dibujo en la pared.

Pasaron muchos años y cientos de lápices, blocks de notas, plumines, pinceles y gomas de borrar. Se ganó la vida dibujando y creando chistes y así como aquella noche descubrió secretos del dibujo imposibles de transmitir, fue reconociendo más tarde como piezas de relojería los mecanismos invisibles que hacen funcionar un chiste y provocar en el lector una sonrisa.

No hay registro de aquella noche. De ella sigue viva la misma pasión, disciplina y contracción que le dedica a cada trabajo.




Dogma de fe

 


Cuando la iglesia católica toca asuntos sobre los que no puede sostener con argumentos, cuando caen en picada sus fundamentos, recurre a un rótulo salvador, una especie de paracaídas de emergencia: dogma de fe, algo así como creer o reventar. Con la llegada de la Inquisición entendimos cómo reventaban los que no creían y cuál era su destino de fuego en el infierno para quienes no adoraban a Dios como los bancos al dinero.

Entré a la iglesia de Olivos después de muchos años para cumplir con el sagrado compromiso de acompañar a un amigo en una ceremonia en la que depositarían las cenizas de sus padres en un lugar destinado a tal fin. Mi amigo y yo asistimos durante algunos años a su colegio parroquial y fuimos compañeros de división.

Desde chico percibí en las iglesias algo que me provocaba un intenso malestar y una profunda contradicción interior. Las figuras de esos santos, las heridas de Cristo, el sufrimiento de su madre María. Con los años entendí que lo que me hacía daño era el culto a la muerte, al sufrimiento, al dolor, a un calvario que tenía como premio la firme promesa de la verdadera vida y resurrección después de la muerte.

Observé el templo con otros ojos que no eran aquellos de la niñez y la adolescencia. Había un cambio sustancial en lo que yo recordaba. La migración de sus fieles a otras religiones los obligaron a modificar y actualizar sus inquebrantables leyes, a adaptarlas para una sociedad en cambio y evolución permanentes. Durante siglos no habían hecho mea culpa de sus inconfesables pecados. Durante siglos desconocieron al psicoanálisis porque temían que los sacerdotes perdieran su lugar de privilegio en la confesión y su poder curativo de las almas. La iglesia siempre consideró la cremación como un acto pagano y no lo aceptaba. Ahora aceptaba las cenizas de los difuntos y construyeron una bóveda (cinerario) donde luego de una ceremonia de oración se depositaban en ella. Una columna de un metro y medio de altura con una boca que contiene un recipiente cóncavo que gira sobre sí mismo para poder volcar sobre el interior las cenizas. Cada familiar se acerca al cinerario con la urna o la bolsa que contiene las cenizas del ser querido, las vuelca en el recipiente, se las despide en una oración que pronuncia el párroco y algunas palabras de sus familiares y al hacer girar el recipiente de metal caen en el interior de la columna. Fueron seis los restos depositados. Me pregunté qué harían con las cenizas cada vez que se llenara el depósito.

Como parte de la liturgia el sacerdote pronunció una oración para que las almas de quienes despedíamos físicamente fueran recibidas en el Cielo por un coro de ángeles asignados a tal fin y que luego de los sagrados cánticos fuesen guiados en caravana ante el trono de Dios padre. No sabemos, nadie lo ha explicado, cómo es que conocemos esta ruta si nadie regresó para contarnos qué ha visto del otro lado de la frontera de la vida, algún testimonio que asegure su existencia, la efectividad en la súplica en oración que rezaron sus familiares para un feliz viaje a las alturas y un cálido y amoroso recibimiento en destino.

Los vikingos también creían en otra vida, en un sitio donde continuarían librando sangrientas batallas, invadiendo, degollando y tomando esclavos para su sacrificio. Un lugar llamado Valhalla donde se reencontrarían con viejos camaradas de guerra con quienes brindarían hasta ponerse ebrios por viejas y futuras victorias. Tampoco hay testimonios ni material bibliográfico que corrobore su existencia aunque la diferencia sustancial entre el destino cristiano y el el vikingo radique entre un clima de nubes y salmos y otro de lucha despiadada y continua.

Algunos observan con escepticismo los ritos de los pueblos originarios, su culto a la tierra, su respeto por todos los animales que la habitan y hasta puede hacerles gracia que esos pueblos crean en la Danza de la lluvia para invocar una precipitación que termine con una devastadora sequía, como otros pueden creer en el incienso, que representa a la nube de humo que Dios envió para liberar a los israelitas de la esclavitud, como creen en las velas, en las estampitas, en los ramos de laurel y en las espigas de trigo para que San Cayetano no nos haga faltar el trabajo.

Es cuestión de creer o reventar.

La noche en que volvió Martínez

Mi hermana Ana se había reencontrado por las redes con el grupo de excompañeros con los que cursó los siete años de escuela primaria. Estaban en plena tarea de ir ubicando y llamando a todos los que seguían de alguna manera en contacto, que vivían cerca de la escuela, aquellos donde existía alguna pista para averiguar su paradero.

Se me ocurrió que le dijera al grupo que la había llamado Martínez, que también había sido su compañero de escuela y que tenía muchas ganas de verlos. Empezaron los comentarios de quienes no recordaban a Martínez y los que mirando las fotos de aquellos años de escuela creían saber de quién se trataba. En los días siguientes mi hermana contó que Martínez estaba internado en un neuropsiquiátrico, que le mandaba mensajes y que no sabía cómo había conseguido su teléfono. Martínez no tenía foto de perfil en el Whatsapp.

Martínez enviaba mensajes de voz muy raros. Escondido en un placard, hablaba en voz baja y decía que tenía muchas ganas de verlos, que esperaba que le dieran el alta pronto y de repente se escuchaba una voz femenina que decía: ¡Martínez, Martínez! Martínez, ¿dónde está? Y él que decía en voz baja: “Tengo que cortar. Espero verlos, chicos”

El grupo se convirtió en una caldera. Los que opinaban que había que bloquearlo, los que decían: Pobre, Martínez, los que querían averiguar yendo al lugar donde estaba internado.

Decidieron reunirse un sábado en la casa de mi hermana. La cita fue a las 21 horas y estaban actualizando sus caras, recordando sus días de escuela cuando sonó el timbre de calle. Mi sobrina fue a atender. Era Martínez. Silencio general y los consejos pertinentes. “No lo hagas entrar”, “si salió es porque está bien”.

Martínez entró con sombrero de cuero marrón, lentes negros y un sobretodo cargando una bolsa. Se podía ver caras de desconcierto y de algo parecido al terror.

-Hola, chicos. ¿Se acuerdan de mí? ¡Qué alegría volver a verlos! Traje algo para todos porque estaba muy contento y ansioso por verlos -dijo Martínez mientras metía la mano en la bolsa y sacaba naranjas ante el estupor general.

-¿Les gustan las naranjas?

-Siii -contestó una mujer con nerviosismo.

Empezaron a hacerle preguntas a Martínez.

-¿Dónde estás viviendo?

-En un centro de atención. Me escapé para venir pero no pasan a ver las camas hasta las 10

-Son las 9 y media -dijo uno de los hombres con tono de se te hace tarde.

-Dejé un bulto en la cama y lo tapé para poder venir a verlos. No se van a dar cuenta de que no estoy. Estoy tan contento de verlos!

Cuando Martínez metió la mano en uno de los bolsillos del sobretodo uno de los ex compañeros de mi hermana llevó su mano a la parte de atrás de la cintura y dijo

-Mire que yo estoy calzado!

-Ya me di cuenta -dijo Martínez. ¿Quién va a venir descalzo a una reunión así?

Y Martínez sacó un pañuelo para secarse las lágrimas por la emoción.

El silencio era el de solemnidad al ver a un hombre llorando.

-Ya van a ser las diez! -comentó otro.

Nadie se movía de su silla. Todos observaban a Martínez.

-¿Qué es de sus vidas, chicos?

En la tensión de la escena nadie reparó de que en la cocina mi madre no podía contener la risa.

Cuando Martínez notó que una de las mujeres se ponía muy nerviosa empezó a sacarse el sombrero, los anteojos, el sobretodo para decir: Soy el hermano de Ana, su compañera de primaria. Yo egresé tres años antes de la misma escuela a la que fueron ustedes. Buenas noches.

Estado de gracia

Tengo días,

no son muchos

en que estoy en Estado de gracia.

Armónico, feliz, grácil,

etéreo como las alas de un ángel,

inquieto como un niño cuando oye el timbre que anuncia el recreo.

El gesto más simple me conmueve,

me rindo a la alegría,

celebro un abrazo, una llamada, una noticia.

Me sale todo bien,

me felicito,

me observo en el espejo

y me reflejo en las miradas de los que me rodean.

Podría ser doctor y curar al mundo,

un juez ecuánime como Salomón,

solidario como el buen samaritano.

Son días luminosos, diáfanos,

la atmósfera es poesía,

todo acontecimiento merece gratitud.

El mundo continúa como siempre,

sus pésimas noticias,

sus guerras, sus conflictos,

sus terrores, sus injusticias

siguen multiplicándose.

Pero hay cierta coraza,

un antídoto, un suero

que impide la llegada del veneno

y puedo sonreír amablemente,

hacer un chiste,

ensayar unos versos

y quedar saciado en cada línea escrita. 

Nota a los padres

Siempre dije que lo único sagrado para mí es el humor. Y el humor tiene un lenguaje que no pueden asimilar y comprender todas las personas. Cuando hacemos humor corremos el riesgo de ser malinterpretados.

A mi me gusta correr esos riesgos.

Se acercaba fin de año y la maestra que tenía a cargo la división a la que concurría mi hija me llama para que la ayude a organizar con los padres el acto de fin del ciclo lectivo y que también cerraba la primaria en la escuela. Me advirtió que el grupo de padres era muy tímido y que les costaba actuar en público. Pensé y luego les escribí una nota que viajó a cada casa.

 

Buenos Aires, 5 de Noviembre de 2002

 

INVITACION HUMORISTICA DE UN PADRE QUE PARECE LOCO PERO LO DISIMULA

 

 

Queridos colegas:

 

No sé si han notado que falta menos de un mes para que finalicen las clases. Yo lo noté porque me lo dio a entender la maestra. No tengo reloj.

Cuando esta fecha llegue, nuestros hijos e hijas se despedirán de la escuela y también de ellos y de la desgracia de ver nuestras caras de dormidos a la mañana. Un adulto con cara de dormido es lo más parecido al Monstruo del Lago Ness.

Los niños festejarán la suspensión de estos sustos matinales por tres meses.

Por lo general, para festejar esta suspensión de traumas que vaya a saber qué secuela dejan en los párvulos, se hace un acto y luego una fiesta y se lee un discurso, se baila, se come empanadas, se rasca la oreja, en fin, se realiza una actividad.

 

Un grupo de inadaptados entre los que se encuentran varias maestras y varios padres ha sugerido que nosotros le hagamos a los niños un acto de despedida. Una pequeña función.

No conformes con la idea de meternos en problemas, me han convocado para que escriba algo alusivo. Me dieron una indicación:

"Hay padres que tienen pánico por presentarse en público". Ajá.

"Tendrían que estar encapuchados o detrás de un biombo". Seguí tomando nota.

Se me ocurrió una canción que habla de los miedos de los niños, de sus fantasmas y nosotros disfrazados con una sábana en la cabeza representaríamos a dichos fantasmas. Los niños deberán soportar que yo toque la guitarra. Luego asimilarán más rápidamente que ustedes canten.

Yo hubiese preferido azotarlos, pero las maestras confían más en la tortura psicológica que en la física.

Para ensayar la canción hay un horario y una fecha. En la escuela. En el mismo lugar donde se librará la ejecución.

Dicen que los padres son los primeros en dar el ejemplo. Si pensamos que nuestros hijos no deberían hacerse la rata, prediquemos con el ejemplo. Dicen que estamos desmovilizados. Dicen que nunca queremos participar.

Demostremos que no. Yo voy a estar. Trataré que aprendamos juntos esta canción. Tendré ayuda del Neuropsiquiátrico Borda a mi disposición.-

Los espero en el recreo.

Esto es secreto y confidencial. No deben enterarse los niños. Es una sorpresa.

Roberto Molinari

Padre de Ayelén

 

 

 

 

 

El ciego

 


Cuando ingresé al vagón del subte estaba cerca de la puerta de acceso con su acordeón colgado de los hombros y el bastón blanco en la mano izquierda hablándole a la gente.

Hablaba de la sociedad, a veces con enojo, de esta sociedad de la que formamos parte. Lo escuché con atención.

Habló de la indignidad, de un horror más profundo que su propia ceguera, la ceguera de todos los que lo rodeábamos, de la inmundicia política, de la inercia social, del desastre al que nos conduce este gobierno o desgobierno, de las manos inescrupulosas de siempre, de la injusticia.

Un ciego que veía todo claramente e invitaba a abrir los ojos como él.

Intermitencias

 


Me había quedado sin material de lectura y le di un vistazo a la biblioteca para ver si algún título me invitaba a una segunda lectura. Lo encontré ordenado al estilo que paciente y razonablemente establecieron Aye y Santi cuando me ayudaron con la mudanza, por autor. Ahí estaba José, ese admirable portugués rebelde.

Y arranca: Y al día siguiente no murió nadie. Y durante meses nadie murió. Y esa alegría infinita que se despertó en una sociedad que dejaba de temerle a la más implacable, impredecible y puntal de todas, se transformó en horror cuando los accidentes, las mutilaciones naturales y todos los desastres de siempre seguían sucediendo pero nadie moría. El caos que provocaban todos aquellos suspendidos en estado de coma sin que recibieran la visita de la parca y su eficaz guadaña, incluida en la lista la reina madre en su lecho. El desconcierto de la iglesia, las autoridades, las preguntas existenciales.

La muerte hizo brillar su valor mediante su premeditada ausencia.

Pero volvió un día de una forma más humanitaria: enviando al elegido para su descortés visita una carta anticipándole su llegada ocho días antes para que fuera tomando todos los recaudos pertinentes a su próxima finitud.

Pero una carta regresa a la remitente.

Entonces el querido José te lleva de la mano por sus calles y te vuelve a sorprender como siempre con un final digno de su calibre de escritor.

Gracias José por tanto.

El odio

El odio cabalga desde lejos

montado en la ira y la codicia,

seguro en el bolsillo del avaro,

a resguardo de la razón

en la filosa daga del tirano.

 

El odio anida un alma miserable,

es mudo, ciego y sordo,

con un olfato infalible

para elegir el alma de seres despreciables.

 

El odio es un veneno amargo,

un grito sostenido,

un puñetazo,

un bombardeo, una invasión,

un despojo, un asesinato.

 

El odio tiene lengua y lenguaje,

dientes para engullir,

manos para estrangular.

Es traicionero y falsificador,

veloz como el lince,

zigzagueante como las serpientes.

 

El odio no tiene Patria ni religión,

no distingue de razas,

es inmune a los gestos conciliadores,

a las culturas, a las civilizaciones,

a los idiomas,

No se doma ni se aplaca.

Solo responde a la ternura de las balas.

 

 

Nora


Para los actos de contrafestejo del Encubrimiento de América en 1992 Alicia Guzmán, Carlos Guarnerio y yo escribimos una obra de teatro en clave humorística: “La vida por Colón”. La pieza fue escrita por encargo y el elenco que nos la encargó se disolvió antes de estrenarla. Unos años después se estrenó gracias a Pipo Fernández Mac en Rosario. Carlos Guarnerio y yo leímos fragmentos en un acto organizado por la Universidad de Morón. En la platea estaban las Madres de Plaza de Mayo. 

El público se rió y aplaudió mucho. Cuando bajamos del escenario se acercó para hablar con nosotros Nora Cortiñas. Y nos dijo: “Me reí mucho y se los agradezco. Tengo que hacerles un comentario. Cuando leyeron la escena de Tupac Amaru pensé si en unos años podían reírse de nuestros hijos en las sesiones de tortura”. Claro, conciso, al pie. Humor no es siempre tragedia más distancia. 

La escena fue inmediatamente cercenada. Nora volvía a darnos una lección. 

Las Madres son una entidad reconocida a nivel mundial. Son un ejemplo de lucha. Hay algo que me parece importante destacar. Siempre pidieron Verdad y justicia, nunca que corriese sangre para redimir tanta infamia. Yo no puedo ni siquiera medir a esa escala porque yo sí consideraba que desde los genocidas del Golpe hasta los responsables de Malvinas deberían haber sido fusilados en Plaza de mayo. 

La presencia de las Madres en cada acto siempre me conmovió pero la de Nora especialmente. Con su contextura menuda y su voz dulce es una de las mujeres que les hizo frente a las fuerzas de inseguridad. Veo su foto y me sigue emocionando como en aquella breve charla. 

Nora merece ser tratada con el respeto que se le concede a una Madre con todas las letras. 

Gracias por todo, querida Nora.

Numerología


El amor tiene también sus referencias numéricas

que no las cobija el álgebra

ni los cálculos astronómicos,

que no se escriben en los pizarrones de la escuela

ni se archivan con las boletas de luz.

Cobran su significado con el paso del tiempo

y a veces mudan de morada,

se presentan precisos como un domicilio,

un punto en el mapa,

una coordenada.

Son secretos,

cuesta descifrarlos,

entender su significado,

apreciar su valor

1521, 1161, 3074, 12, 44

No son obra del azar,

de una tómbola divina,

de una regla nemotécnica,

de un capricho del destino.

Prófugos de las leyes de Newton,

desertores de los borradores de Galileo,

fugitivos de las agendas de papel ya extraviadas.

Con solo mencionarlos

se activan mecanismos que remiten

a la casa paterna,

al lugar frecuentado durante años,

a teléfonos pulsados hasta el cansancio,

al caótico universo amante de las absurdas imprecisiones.