martes, 24 de mayo de 2011

Tres actos


Escuchó su última frase con el dolor y la sorpresa de una puñalada y solo alcanzó a expresar y dar cuenta del irreparable daño con un murmullo apenas perceptible, antes que ella cerrara la puerta y se marchase y el aplauso franco y espontáneo del director marcase el fin del ensayo.
Esa tarde ensayaron siete veces esa escena, número cabalístico, si es que ellos existen, número bíblico asociado a la sabiduría divina de instaurar en la humanidad y por los siglos de los siglos un día de descanso luego de seis de febril creación.
A los dos los unía el mismo gusto y pasión por las grandes obras. Por caminos diferentes convergieron en el mismo maestro de teatro, por caminos opuestos confluyeron en los mismos tópicos de conversación apasionada y apasionante, donde el arte logra mixturar lo racional, lo aprendido, lo adquirido culturalmente y el maravilloso y loco latir de lo sentido, lo expresado, la vibración del alma.
Los dos sostenían que las obras breves, de tres actos, ágiles, dinámicas, envuelven al espectador en un espiral de vértigo del que no puede ni debe desprenderse, donde de un baldazo se lo empapa del mensaje y donde cada gota separada del todo, tiene, por sí misma, el sabio  peso y la información de una enciclopedia.
La vida y el arte se parecen, y son los artistas los que unen con puentes fabulosos y sencillos una orilla y la otra.
El segundo acto de la obra comenzaba a partir de ese signo de puntuación definitivo que marcó en escena la puerta que se cerraba, el adiós a una mujer y a un amor, a destinos convergentes, ahora disociados por un creador no siempre dramaturgo, no siempre respetuoso de las convenciones, ni de los deseos humanos de protagonistas y espectadores.
Y es así que ella dio vuelta una página para comenzar a escribir y actuar en otras, que incluyeron en su guión, alejamientos, convivencias ocasionales, nacimientos, infinitas alegrías, profundas penas y aquel martirio de dos separaciones involuntarias lacradas con el signo de la palabra duelo.
Mientras tanto él amarraba y partía de brazos y señales, con la clarividencia de cargar el estigma del eterno derrotero, la fugacidad del ave de paso, la inexorable certeza que el amor no era otro que aquel que marcó a fuego el hilo argumental de su obra.
El tercer acto llegó naturalmente, con el mismo compás del cauce de un río, con el mismo anhelado desahogo de la tierra que recibe la bendición del agua de lluvia después de un día de resistir hasta agrietarse el sol implacable.
Fue un reencuentro manso, aletargado como una siesta pueblerina, un hallarse en un punto exacto en la hora más propicia, seguros de haber transitado los años buscándose, hasta llegar a esta escena, con poca luz, con una puesta desprovista de artilugios, acompañados por un mate que sirvió de metrónomo y de pausa para cambiar los tiempos y los tonos de una conversación inconclusa, profundamente deseada.
Entre aquel séptimo ensayo y esta escena pasaron veitidos años, un intervalo lógico e inevitable, porque el arte y la vida se parecen y no siempre, casi nunca, los protagonistas respetan las convenciones, normas, códigos, que alguna insolente pluma pretende convertir en teatro.
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